Eficacia y Aikido

La eficacia de las artes marciales

En foros y conversaciones de aficionados a las artes marciales, ya sean practicantes o meros espectadores, es habitual encontrar discusiones y sesudos razonamientos acerca de la efectividad, tanto individual como de forma comparativa, de las diferentes artes marciales.

Las pocas veces que he participado en una de estas conversaciones, generalmente alrededor de una cerveza y con más ganas de chanza que de llevarme la razón, hago siempre la misma pregunta: ¿qué significa ser más eficaz? Y es el momento en el que empiezan las dudas.

Siempre surge quien dice que es más eficaz aquella que permite dejar en peor condiciones al contrincante. Y entonces sonrío y expongo que eso conduce, inevitablemente, a  problemas legales, tener que pagar multas por daños y, si la situación se ha ido de madre, posiblemente prisión. No me parece muy buena solución. Más bien tenemos dos o más perjudicados.

Llegó el momento de caras de póker, en el que empiezan a contar que conocen a quién le ha ocurrido y ha pasado grandes apuros al tener que afrontar una situación con la que no habían contado. Y eso que “había ganado”.

¿Dónde está el problema? En mi opinión, en el significado otorgado a la palabra “eficacia”, según la RAE, la capacidad de lograr el efecto que se desea.

El camino del Aikido

Aikidō hunde sus raíces en el Ju-jutsu tradicional, el conjunto de técnicas de combate a mano desnuda que desarrollaron los diferentes clanes en el Japón feudal. Ueshiba-sensei seleccionó y adaptó las técnicas procurando no dañar al contrincante, sino hacer que desista de su ataque.

En lugar de tratar al contrincante como un enemigo a batir, se pretende destruir el ataque y, de ese modo, poner al contrincante en una situación en la que no quiera seguir combatiendo. Muy bonito e increíble.

¿Cómo se puede conseguir que desista una persona agresiva? Hay un profundo análisis de la agresión en el planteamiento de Ueshiba-sensei. Agredir es una acción que provoca un gran desgaste físico, emocional y mental en el atacante. Si percibe que no merece la pena, lo normal es que tienda a desistir.

Todas las técnicas de Aikidō comienzan a una distancia en la que el contrincante todavía no tiene asegurado su ataque, lo redirigen creando desequilibrio y acaban con una proyección o inmovilización. Si se mantiene una distancia que no da seguridad al agresor, este no se sentirá seguro. Si en el ataque se desequilibra y pierde fuerza, sentirá que no mantiene el control, y no se sentirá seguro. Si es proyectado o inmovilizado, perderá su ventaja y no se sentirá seguro.

Y, ¿las técnicas de Aikidō funcionan? Son muy difíciles. Son complejas de llevar a la realidad. Requieren un gran control de tiempo, velocidad, equilibrio, etc. Sí, son complicadas. Pero cuando se consiguen aplicar, logran su objetivo, hacer que el contrincante pierda su ventaja en algún momento, y eso debería hacer que desista.

En este sentido Aikidō está bien planteado y es eficaz. Pero su eficacia no se mide en términos de dientes rotos, espaldas partidas u ojos o bocas destrozadas, sino de enfrentamientos evitados o anulados. He visto situaciones conflictivas que se desactivan sin llegar a parecer conflictos. Simplemente, se desvanecen. Nadie es dañado, salvo el conflicto, que resulta destruido.

Pero quiero ser eficiente

Si el contrincante es un enemigo, alguien que no atiende a razones y quiere hacerte daño bajo cualquier circunstancia y contra cualquier otra opción, en algún momento encontrará un fallo en la aplicación y estarás a su merced. Pero, como corresponde a tal tipo de individuos, olvida un hecho ineludible: un defensor puede decidir que ya no merece la pena respetar su integridad física.

¿Qué ocurre si en vez de acompañar su movimiento, se le fuerza una articulación? Que la articulación salta provocando una lesión.

¿Qué ocurre si en vez de redirigir gentilmente el movimiento del contrincante, se golpea? Que se le desequilibra igual, pero produciendo daños y lesiones y, posiblemente, una conmoción.

El defensor puede decidir que ha llegado el momento de dejar de defenderse. Y los agresores con falta de inteligencia olvidan que todos podemos cambiar el papel a agresivos. Incluso quien no quiere.

Hemos encontrado muy interesante practicar, por ejemplo, boxeo, puesto que nos ha dado otra visión de la práctica del Aikidō, de sus bondades y debilidades, y una visión de los caminos a los que se puede dirigir, incluso para evitarlo.

Aikidō es una forma de pensar, sentir y hacer. Se utiliza la fuerza del contrincante para anular su ataque. Es un camino con una gran exigencia técnica y que requiere mucha disciplina y entrenamiento.  Pero nada impide, llegado el momento, sustituir las partes gentiles y sutiles de las técnicas por variantes agresivas que no cuidan al contrincante, que lo tratan como a un enemigo. 

Pero ese no es el camino del Aikidō.

Parábola

Por desgracia no puedo dar referencia de esta historia que me contó un amigo. Puede ser tan sólo un cuento de índole moral. Pero, aun así, guarda una gran enseñanza.

Un gran sensei contaba que, cuando era un estudiante avanzado, yendo en el tren, entró un hombre borracho, con actitud agresiva, dando voces y molestando a los pasajeros.

  • “Este es el momento en el que es necesario aplicar aquello para lo que me he estado preparando todos estos años”, pensó.

Pero no le dio tiempo. Un anciano intervino:

  • “¿Te gusta el sake? Yo suelo tomar un poco con mi mujer en la puerta de mi casa al atardecer”, se dirigió al alborotador.
  • “Mi mujer me ha dejado y estoy destrozado”, contestó el alborotador
  • “Siéntate aquí y me cuentas”

Y así, el sensei entendió que aquel anciano le había mostrado el camino del Aikidō. Había redirigido la situación, anulando la agresión y haciendo desistir al contrincante de su actitud.


Stanley Pranin. «Enciclopedia del Aikido: Ueshiba, Morihei» (en inglés).

Monité, Perfiles de los participantes en las agresiones.

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